Objeción de conciencia, el mejor testimonio contra el mal

 

Si para algo est\xE1 sirviendo la controvertida asignatura de Educación para la Ciudadanía es para redescubrir el derecho a la objeción de conciencia, basada en el valor innegociable de la verdad, a la que no puede doblegar las agresiones del radicalismo contra la dignidad humana.

Todos los días comprobamos la fuerte presión de las instancias gubernamentales sobre los ciudadanos para adormecer sus conciencias, hacerlas clónicas de la ideología que pretende imponerse desde el poder, homogeneizar pensamientos, obras y comportamientos. En suma, que no haya hombres y mujeres libres, sino siervos. Porque no toleran que haya una verdad que buscar, ni que pueda tener un valor universal.

La objeción de conciencia se revela entonces como la mejor arma para defender la libertad y la dignidad de las personas. Máxime cuando se trata de menores de edad. Por mucho que les pese a todos los que quieren ciudadanos sumisos y votantes perpetuos de su totalitaria ideología, la objeción es el mejor testimonio contra el mal. En mucho casos, la única voz que tienen los que aún no la tienen o no pueden expresarse.

Es falso que la objeción sea lisa y llanamente una desobediencia a la ley civil. Lo ser\xE1 si ésta contradice otras leyes universales, escritas a fuego en los corazones y en las conciencias, de naturaleza moral. Desde la pluralidad y la diversidad, Antígona, los hermanos Macabeos, el canciller de Inglaterra Tomás Moro o Sócrates son un testimonio universal de esta lucha del bien contra el mal, del amor a la libertad de uno y de los demás, incluso hasta dar la vida. Y una sonora bofetada en el rostro de piedra de los que anhelan ser gendarmes de los muertos vivientes, de los que se las dan de tolerantes con las ideologías, pero en realidad no soportan la libertad de las conciencias.

La conciencia personal requiere criterios de valoración para saber distinguir el bien del mal. La formación de una conciencia verdadera -fundada en la verdad- y recta - determinada a seguir sus dictámenes, sin contradicciones, traiciones ni componendas- es hoy una empresa difícil, pero imprescindible, nos recuerda Benedicto XVI.

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