La batalla por las audiencias

 

Sr. Director:
La aparición de las televisiones privadas rompió el monopolio estatal de la comunicación. Las nuevas cadenas se presentaron como una importante alternativa para facilitar una televisión más abierta, más libre, realizada desde la pluralidad y la diversidad. Todo ello sigue siendo verdad y la información de las cadenas es una ventana abierta al mundo desde las distintas perspectivas que animan sus respectivos proyectos informativos.

Pero no todo es información y la lucha por la audiencia no se ha hecho esperar. Las diferentes cadenas, por conseguir una mayor audiencia, compiten en una desenfrenada carrera. Y, al parecer, todo es válido para obtener el mayor número posible de telespectadores.

La violencia, la cruda morbosidad y el sexo por el sexo se han convertido en los pilares de no pocos programas destinados a una parte importante de su público. La competitividad televisiva no se basa en una programación seria y responsable, sino en la atracción del público con unos contenidos banales, groseros ordinarios, que están en la frontera de lo éticamente permisible, cuando no la traspasan.

Es la “televisión basura” en la que se busca el crecimiento de la audiencia a través de la provocación de los instintos, las pasiones y los sentimientos del telespectador. De esta forma, una subcultura pobre y deformada acaba por llenar nuestras pantallas. Y esto no es ni lo correcto ni lo deseable.

Y la publicidad contribuye, con demasiada frecuencia, a la emisión de algún spot realmente intolerable, que invade hasta el último resquicio de la conciencia personal.

Es necesario poner los medios pertinentes ante la epidemia de vulgaridad y erotismo que nos inunda y que sólo consiguen degradar al telespectador

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